Publicado 2022-09-30 por Alejandra Villablanca
"Aunque la amenaza nuclear rusa no llegara a concretarse contra Ucrania, es extremadamente preocupante el retroceso efectivo que ya representa esta guerra para la política contra la proliferación nuclear que se transforma nuevamente en el gran problema estratégico global."
Ya han transcurrido siete meses desde el inicio de la guerra y hasta el momento Vladímir Putin no ha podido mostrar nada que se pueda interpretar como una victoria: no logró capturar Kiev, no depuso al gobierno del presidente Zelenski y no ha logrado un control territorial de Ucrania a gran escala, ya que prácticamente en este momento solo controla las zonas del este y el sureste ucraniano, las cuales decidió anexar. Si a esto añadimos: a) la presión internacional a través de las inéditas sanciones económicas impuestas a Rusia que han debilitado considerablemente su economía, b) la presión interna que están ejerciendo altos ejecutivos y líderes empresariales y las críticas de la extrema derecha nacionalista rusa contra Putin porque no logra obtener resultados militares concretos según los objetivos planteados al inicio de la guerra y c) la presión de sus propios ciudadanos que, a pesar de las severas represiones y detenciones, han comenzado a reaccionar movilizándose masivamente por todo el país; la posibilidad de que Putin no utilice armas nucleares en un cien por ciento –dado todo lo que está en juego incluida su carrera política y continuidad en el poder– no está del todo asegurada.
En este contexto era esperable que Putin formalizara la incorporación a Rusia de las cuatro regiones ucranianas de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia ocupadas parcialmente por las tropas rusas, luego de haber finalizado “con éxito” los referéndums de anexión. Hemos de suponer que los resultados de estos referéndums estaban definidos de antemano y en este sentido tanto Estados Unidos como Occidente en general, han señalado enfáticamente que son ilegales y por lo tanto la comunidad internacional no reconocerá sus resultados ni la anexión de tales territorios. No obstante, Rusia los usará para legitimar su ocupación y sustentar la retórica construida en torno a “la amenaza de su integridad territorial” pudiendo justificar, incluso, la utilización de armas nucleares, tal como ya lo ha anunciado Putin ante su país y el mundo entero: “A aquellos que se permiten semejantes declaraciones hacia Rusia, quiero recordarles que nuestro país dispone también de varios medios de destrucción, y que, en algunos casos, son más modernos que los de los países de la OTAN. Si la integridad territorial de nuestro país se ve amenazada, por supuesto que usaremos todos los medios a nuestra disposición para proteger a Rusia y a nuestro pueblo”.
¿Qué tan probable es que Vladímir Putin concretice esta amenaza y termine llevando a cabo un ataque nuclear?
Con el fin de la Guerra Fría, la amenaza de la guerra nuclear entre las superpotencias nucleares existentes se encontraba neutralizada. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la agudización de las diferencias ideológicas y la persistencia de conflictos regionales sin resolver han incrementado los incentivos para adquirir armas nucleares, así como también amenazar con su uso. Ha sido el caso recurrente, por ejemplo, de Corea del Norte toda vez que amenaza a Estados Unidos y a sus aliados con un ataque de este tipo. O su pretendido uso en el caso de Irán contra Israel. Otra posibilidad muy real de un conflicto de esta magnitud sería la incorporación definitiva de Taiwán a China a través de la fuerza militar.
En el caso de Rusia, desde la anexión de Crimea en 2014, Putin ha amenazado reiteradamente con usar armas nucleares. Esto implicaría, probablemente, el uso de las llamadas armas nucleares tácticas, que tienen una fuerza explosiva relativamente baja en comparación a las que tienen las armas nucleares estratégicas como las que fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.
Para que el equilibrio nuclear –sustentado en el principio de “destrucción mutua asegurada”– cumpla su objetivo disuasorio, debe ser capaz de influir psicológicamente en el adversario, ya que el cálculo disuasivo se basa en ecuaciones lógicas de escenarios de cierto modo apocalípticos que conducirían a la aniquilación de poblaciones civiles completas e incluso de la humanidad entera, lo que supondría una disposición al sacrificio que va más allá de todo límite y comprensión humana. Sin embargo, estas especulaciones de “mutua inseguridad” –consideradas fundamentales para mantener el equilibrio nuclear y que suscitaron moderación durante la Guerra Fría– ya no se estarían aplicando en el mismo grado en la actualidad. El mismo presidente ruso le está atribuyendo una connotación común a la amenaza nuclear al haberla incorporado como parte de su lenguaje político con tanta naturalidad como si las armas nucleares fueran un arma convencional más en su arsenal y al no demostrar interés por lograr algún acuerdo de paz aun cuando eso ha significado exponer de manera deliberada la vida de toda la población civil.
Putin, ha llevado el tema nuclear a tal punto que, aun no habiendo disparado ningún arma atómica, ha deteriorado notablemente la relación político-moral que en el ámbito nuclear se había construido para impedir la utilización de estas poderosas armas considerando su capacidad de destrucción y la supervivencia humana con los objetivos que se persiguen. En consecuencia, aunque la amenaza nuclear rusa no llegara a concretarse contra Ucrania, es extremadamente preocupante el retroceso efectivo que ya representa esta guerra para la política contra la proliferación nuclear que se transforma nuevamente en el gran problema estratégico global.
En suma, Rusia ha mostrado una disposición absoluta a actuar determinadamente para alcanzar sus intereses y objetivos geopolíticos. Su política expansionista trasciende la capacidad de las potencias nucleares para impedir que utilice la totalidad de sus capacidades militares. Este panorama nos sitúa en una dimensión del orden mundial que no conocemos y es sin duda aterradora. Sin más experiencia previa –y suficiente por lo demás– que aquella constatada en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki de 1945, la lucha por la no proliferación debe evitar construirse sobre la fragilidad evidenciada que ante el más mínimo error de cálculo estratégico podría terminar llevándonos al peor escenario de todos: una guerra de alcance mundial.