Publicado 2022-03-31 por Alejandra Villablanca

Guerra en Ucrania: Un antes y un después en el orden mundial

"La guerra en Ucrania nos ha puesto en uno de los escenarios más inciertos e inestables a nivel internacional que no habían tenido lugar prácticamente desde la Segunda Guerra Mundial por el riesgo incrementado de uso de las armas no convencionales -nucleares, biológicas y químicas-, y porque los principios del orden liberal internacional han sido definitivamente ya socavados. Lamentablemente, la seguridad y paz internacional han dejado de ser la máxima predominante y la política internacional de ahora en adelante tendrá que desarrollarse bajo una lógica constante de un estado de “amenaza y cooperación”.

Guerra en Ucrania: Un antes y un después en el orden mundial

Se ha cumplido un mes desde la invasión a Ucrania y aún no ha sido posible finalizar la guerra. Por el contrario, a pesar de las distintas instancias que han tenido lugar entre los equipos negociadores de los presidentes Volodímir Zelenski y Vladimir Putin y de los esfuerzos de los principales líderes políticos de países miembros de la Unión Europea, la OTAN, Estados Unidos, grupos económicos y hasta China para lograr algún acuerdo de paz, prevalece la incertidumbre, la posibilidad de una mayor escalada del conflicto, la amenaza del uso de armas químicas, biológicas y nucleares y una posible crisis alimentaria mundial que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Al respecto, resulta pertinente realizar algunas consideraciones con relación a los alcances de este conflicto en la estructuración de la geopolítica regional y sus implicancias en lo que podríamos calificar ya derechamente como el comienzo de un nuevo orden mundial.

Recordemos que el orden mundial de post guerra tanto en el ámbito de la seguridad como también en lo económico fue definido por Estados Unidos. Los principios liberales de diplomacia pública, libre comercio, derecho internacional, organizaciones internacionales y democracia que aquel país promovió, alinearon con éxito a la comunidad internacional. Asimismo, su poder militar supuso una suerte de escudo protector para todo el resto del mundo y una gran parte de países desarrollados ingresaron en un sistema de alianzas. En cuanto a lo económico, se implementó una economía global a la que Estados Unidos aportó financieramente emergiendo los mercados globales y una cantidad enorme de innovaciones. Sin embargo, la guerra en Ucrania estalla en momentos en que el contexto internacional tanto en su dimensión económica como política está cambiando y la transferencia de poder desde Europa y Occidente a Asia y Oriente es evidente desde ya hace algún tiempo.

En el ámbito económico tenemos, por una parte, que el producto interno bruto (PIB) mundial se está desplazando de las economías desarrolladas de Occidente a las de Oriente en una escala y a una velocidad sorprendentes. Algunas proyecciones del Banco Asiático de Desarrollo prevén que en 2050 el ingreso per cápita, en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA), se multiplicará por seis en Asia, lo que, según los estándares actuales, haría ricos a otros tres mil millones de habitantes del continente. Y al duplicar su participación en el PIB global hasta un 52%, la región logrará recuperar su posición económica dominante que tenía hace unos trescientos años antes de la revolución industrial, por lo cual, estaríamos asistiendo a una reversión al aspecto que tenía el mundo antes del ascenso de Occidente.

Por otra parte, el nuevo modelo económico sustentado en el uso de datos, big data e inteligencia artificial que promete revolucionar la forma en que vivimos, pensamos y concebimos el mundo en todas sus dimensiones, demanda determinados minerales que se encuentran presentes en yacimientos ubicados precisamente en la extensa región de Oriente. Para tener una idea, Rusia y China reúnen las tres cuartas partes de la producción mundial de elementos como el silicio, que tiene una función clave en la microelectrónica y la producción de semiconductores; o tierras raras como el itrio, el disprosio y el terbio, elementos esenciales para una variedad amplísima de productos, desde los superimanes hasta las baterías, o desde los actuadores electrónicos hasta los ordenadores portátiles, y de los que en 2016 solo China producía más del 80% de la producción mundial.

A lo anterior debemos añadir que los inmensos recursos naturales altamente demandados a nivel mundial se encuentran, igualmente, por aquellas regiones del planeta, donde Oriente Próximo, Rusia y Asia Central acumulan casi el 70% de las reservas probadas de petróleo del mundo y el 65% de las reservas probadas de gas natural, cifra que no incluye las reservas de Turkmenistán, entre cuyos campos gasísticos se cuenta Galkinish, el segundo yacimiento más grande del mundo. Y en cuanto a la riqueza agrícola, la región ubicada entre el Mediterráneo y el Pacífico que comprende a Rusia, Turquía, Ucrania, Kazajistán, la India, Pakistán y China cultivan más de la mitad de toda la producción mundial de trigo, y si añadimos países del Sudeste Asiático como Birmania, Vietnam, Tailandia e Indonesia, tenemos casi el 85% de la producción mundial de arroz.

En este sentido es preciso señalar que la política exterior rusa que ha construido Vladimir Putin a partir del 2000 en adelante, se ha basado en un sistema de relaciones internacionales con estos y otros actores claves en la región de Asia, África y Medio Oriente como China, Siria, Irán, Turquía, Jordania, e incluso, Arabia Saudita -país de la región más “cercano” a Occidente- y más recientemente también con Libia, Egipto y el Líbano, a través de alianzas estratégicas que le han permitido proyectar su poder e influencia más allá de su vecindario euroasiático y abarcando hasta toda la zona mediterránea oriental. A esto, cabe agregar la consolidación del poder ruso en Medio Oriente, tras su participación en la guerra de Siria con el despliegue de una fuerza militar nunca antes vista, pues el ejército soviético jamás protagonizó una campaña de bombardeos semejante sobre un país de dicha región, con la excepción de la invasión y ocupación de Afganistán a finales de 1979.

En el plano político y militar, la guerra en Ucrania nos ha puesto en uno de los escenarios más inciertos e inestables a nivel internacional que no habían tenido lugar prácticamente desde la Segunda Guerra Mundial, principalmente por dos razones. En primer lugar, por el riesgo incrementado de uso de las armas no convencionales -nucleares, biológicas y químicas-, y, en segundo lugar, porque los principios del orden liberal internacional que anunciábamos anteriormente, han sido definitivamente ya socavados. Lamentablemente, la seguridad y paz internacional han dejado de ser la máxima predominante y la política internacional de ahora en adelante tendrá que desarrollarse bajo una lógica constante de un estado de “amenaza y cooperación.”

Es el estilo político que ha caracterizado a Vladimir Putin prácticamente en los últimos 15 años en el poder, y que de alguna manera, se ha sido “legitimando” en la política internacional con las acciones bélicas que emprendió con Georgia en 2008, Libia en 2011, Siria a partir de 2012, Crimea en 2014 y el reconocimiento y continuo respaldo político y armamentístico que ha brindado a las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk en el este de Ucrania y ahora con la invasión al país completo.  

Naturalmente que esta forma en que Rusia ha venido conduciendo su política exterior con el beneplácito de Occidente traerá consigo consecuencias importantes sobre la manera en que concebimos la cooperación internacional hasta ahora sustentada, básicamente, en la interdependencia estatal. La necesidad de Europa y Occidente de petróleo, gas, trigo y minerales necesarios para el nuevo desarrollo tecnológico, será utilizada como un arma comercial, política y de guerra por quienes poseen el monopolio del suministro global, llevando a la humanidad, sin lugar a dudas, a ser testigos nuevamente del egoísmo, dolor y sufrimiento en futuras agitaciones bélicas.

Basta con mirar la posición de la Unión Europea durante el transcurso de un mes de guerra, que ha descartado, al menos por el momento, endurecer las sanciones y dejar de comprar gas y petróleo ruso y la actitud de Putin, con una trayectoria de invasiones, para volver a proyectar un escenario en el que si bien se aplicarán sanciones económicas y políticas a Rusia por vulnerar las leyes de la guerra y del Derecho Internacional Humanitario, la subordinación a los recursos estratégicos así como su ayuda para abordar asuntos regionales como es el caso del inminente acuerdo nuclear con Irán, llevarán a la comunidad internacional a contar nuevamente con Putin, como ha sucedido anteriormente.

En suma, los antecedentes expuestos ponen de manifiesto que en el nuevo orden internacional las relaciones interestatales se regirán bajo la regla más pura de la Machtpolitik; aquella política total por el poder que es capaz de transformar los equilibrios alcanzados mediante la acción de la guerra y la destrucción si es necesario.

El futuro de las naciones tiene y tendrá aún mucho más que lamentar.